Monoton – Circle


Contaba Konrad Becker, en una entrevista reciente, que uno de sus pasatiempos favoritos a finales de los setenta consistía en atar el brazo del tocadiscos con una cuerda, calculando intervalos concretos. De esa manera podía escuchar las partes favoritas de sus discos en modo loop, construyendo una banda sonora que le acompañaba durante horas, mientras se iba modificando su percepción hasta el punto de que “los códigos de la música perdían su significado y nuevos significados aparecían”. Semejante anécdota resulta perfecta para entender a un personaje que siempre se ha sentido fascinado por la tecnología y por sus aplicaciones dentro de los distintos campos del arte y de la información, y que de hecho es infinitamente más conocido por su labor como teórico y agitador en el entorno de los hipermedia que por los pocos discos que ha publicado durante su larga carrera. Eso sí, aunque escasos en número, esos discos poseen un contenido sobresaliente: si Becker decidió acercarse a la música fue, precisamente, para tomar todos los conceptos y prejuicios que existían a su alrededor y darles la vuelta como si fueran un calcetín. Su idea era potenciar el anonimato del artista, dejar la labor de composición e interpretación en manos de las máquinas y, por supuesto, pregonar las inmensas ventajas que la música repetitiva y monótona poseía, en contraposición con las supuestas virtudes de la composición “tradicional”. Todo esto, recordemos, en una época en la que el minimalismo era todavía un producto de consumo para sibaritas y listillos, la música industrial consistía apenas en una idea que se estaba fraguando en el local de ensayo de Throbbing Gristle, y los proyectos más abstractos de la kosmische (por ejemplo Cluster) languidecían o habían desaparecido, hartos de ser ignorados por el público.
Por supuesto, y dado su particular interés por todo lo que se estaba cocinando en los márgenes de la música “convencional”, es de suponer que Becker estaría al tanto de algunos de estos artistas y movimientos: de hecho, en esa misma entrevista confesaba que la decisión de grabar su propia música tenía mucho que ver con el marasmo de sellos independientes que habían surgido en aquella época, como consecuencia de la explosión punk, y que constituían “un soplo de aire fresco frente al aburrimiento que imperaba en los sellos multinacionales”. Eso sí, aunque simpatizaba con la energía de los primeros punkis y su idea de que tres acordes eran lo único que hace falta para iniciar una banda, él pensaba que “tres acordes eran en realidad demasiados, y que con un tono debería ser más que suficiente”. De ahí que la primera encarnación de Monoton, su heterónimo musical, consistiera únicamente en una caja de ritmos, una cámara de ecos y un sintetizador monofónico. Con tan espartano equipo dio forma en 1980 a un primer álbum,“Monotonprodukt 02”, que entre ritmos mecanicistas, melodías extravagantes, efectos especiales, voces despobladas de emoción y algún instrumento real, sentaría las bases para la llegada de su particular obra maestra, tan sólo dos años más tarde.
Y es que “Monotonprodukt 07” anuncia su grandeza desde el principio, desde un “Tanzen & Singen” que crece anclado a un arpegio circular, que se ve sacudido por erupciones de ruido y fragmentos vocales, mientras un drone evoluciona lentamente en el plano de fondo. Ahí, en esos nueve minutos, están ya presentes todas las claves que Becker utiliza para dar forma al disco: ritmos hipnóticos y hasta motóricos (“J.S.C.A.”, con ese aire tan Neu!), sintetizadores que se mueven animados por un espíritu mecánico, fabril (la preciosa “Tonfolge”, “Tanz Auf Dem Strom”), ecos omnipresentes, que en ciertos momentos llegan a sumergir las pistas en un mar de resonancias (“Sägezahn”, “Hz. Waltzer”), voces que se intuyen desde la lejanía, como si fueran fragmentos de conversación o consignas escuchadas al azar (“Wasser”) y un sistema de composición aditiva, que funciona a base de superponer capas claramente diferenciadas, pero complementarias entre sí. Herramientas tan sencillas como efectivas, que empujan al oyente hacia un mundo de hipnosis y tensión ambiental; hacia un maëlstrom imparable, en cuyo interior el tiempo se detiene o, mejor aún, late al compás de una máquina deshumanizada.
Aunque se publicó en una tirada ridícula, de apenas 500 copias, y en un principio pasó desapercibido, el aura de “Monotonprodukt 07” fue creciendo poco a poco hasta que llegó a convertirse en un auténtico grial para los aficionados a la música electrónica. Un disco único en su género, por el que se pagaban auténticas fortunas hasta que Oral lo reeditó en compacto hace diez años, y que ahora vuelve a ver la luz en el formato en el que fue pensado: un doble vinilo, envuelto en una preciosa carpeta, que sublima la geométrica portada del original. Nada es suficiente para una auténtica obra maestra del género: un título que, con su gusto por los esqueletos minimalistas, la manipulación de ondas puras de sonido y la utilización extensiva de maquinaria electrónica, anticipaba de manera directa la estética de sellos como Raster-Noton, Atak o Mego. Un título cuya sombra es posible localizar en las producciones de Basic Channel, que comparten el amor por el dub y la cámara de ecos; en esos paisajes enredados en bucles infinitos que trazaba Wolfgang Voigt cuando se ponía el disfraz de Gas, y que después se han convertido en seña de identidad de la familia Kompakt; en las atmósferas oxidadas y en descomposición que despliegan artistas como Philip Jeck o William Basinski. Toda la historia de la música electrónica más exploratoria está condensada aquí, en dieciséis cortes que, treinta años después de su publicación, siguen sonando a gloria.
Por Vidal Romero para playgroundmag 

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